martes, 14 de octubre de 2014

Jemi 41 - Corazones Heridos


En unos minutos entraban por el camino de grava que conducía a la casa de Joe. Era una construcción sencilla de tablas de madera pintada de blanco, con contraventanas ne­gras y un amplio porche frontal con un columpio y una mecedora. Alrededor del porche había rosales, y matas re­cién plantadas que apenas asomaban por encima de la tierra en el arriate.
Joe ayudó a Demi a bajar del vehículo mientras Nick llevaba las maletas al porche.

-¡Como pises mis semilleros te acuerdas! -le advirtió Joe.
Nick se detuvo con una de sus grandes botas en el aire, y giró la cabeza para mirar a Joe.
-¿Qué semilleros?
-¡Los que estás a punto de pisar! -masculló Joe-. He plantado dalias en ése, y en aquel otro una mezcla de altra­muces azules, pinceles indios, caléndulas y margaritas.
-¿Te gusta la jardinería? -le preguntó Demi en un mur­mullo.
Joe bajó la vista a sus ojos verdes, y tuvo la impresión de que el suelo temblara un instante bajo sus pies. Tenía unos ojos preciosos, y a pesar de los cortes y los cardenales seguían siendo igual de exóticos y fascinantes.
-Me gusta sentir la tierra entre mis manos.

Demi también estaba perdida en sus ojos, y se notaba un cosquilleo que la recorría de arriba abajo por la intensidad de su mirada. Quería acercarse más a él, y que él la rodeara con sus brazos fuertemente. No le haría ningún bien a sus costillas, por supuesto, pero la tentación era tan grande que detestó tener que resistirse.

-Eso mismo decía el traficante al que arrestamos el año pasado -dijo Nick con sorna, sin mirarlos. Pasó las maletas por encima de los arriates y las soltó en el borde del suelo del porche-. Había plantado dos kilos de cocaína en su jar­dín -dijo con una sonrisa maliciosa-. Seguro que esperaba que creciera algo.
Joe despegó sus ojos de los de Demi.
-Y le cayeron diez años por ello -dijo.
-Por desgracia otros ocuparán su lugar -farfulló Nick-. Bueno, en realidad ya lo han hecho. Nuestro nuevo trafi­cante de crack tiene unos cuantos parientes influyentes en la ciudad. Pero tú por supuesto no me has oído decirlo, ni sabes nada de esto -le advirtió a Demi.
-Oh, por supuesto que no sé nada; nada de nada -se apresuró a asentir ella con una sonrisa cómplice-.Y además de verdad -añadió al cabo de un rato, poniéndose seria-Muchas veces me siento tonta... sobre todo al lado de Joe, que parece saberlo todo.
-Para ya con eso -la reprendió Joe, tocándole con el índice la punta de la nariz-.Tú eres una chica muy lista.

Demi sonrió y se sonrojó ligeramente, sintiendo que no podía apartar sus ojos de los de Joe.
Nick estaba de acuerdo, pero no quiso intervenir porque tenía la sensación de que sería entrometerse en algo que no le concernía. Al menos parecía que la relación entre Demi y Joe había cambiado, que se llevaban bien. Era un co­mienzo.

-Miley me ha pedido que os diga que podéis venir a casa a cenar cuando queráis -los invitó Nick-. Esta misma noche, si os parece.
Demi vaciló, y miró a Joe.
-Bueno, no sé... -le dijo él a Nick-. Demi ha tenido unos días un poco difíciles, y el viaje en avión debe haberla dejado cansada, pero la semana próxima iremos.
-Dales las gracias a Miley de parte de los dos -le dijo Demi-. Es un detalle por su parte, porque en realidad lo único que haremos será molestar, cuando tiene dos niños pequeños de los que ocuparse.
-No tan pequeños -replicó Nick riéndose-: ya gatean. 
- jJessamina ya gatea? -exclamó Joe. Nick lo miró irritado.
-Gatean los dos. Jessamina tiene un hermano, Joe, y se llama Jared.
-Ya lo sé -contestó Joe-, pero os lo dejo a vosotros -farfulló arrogante-. Jessamina es mi niña. Espera a que va­yamos a tu casa; cuando entre por la puerta, a ti ni te mi­rará.

Nick estuvo a punto de sugerirle que le pidiera a Demi que le diera una hija ya que le había tomado tanto afecto a la suya, cuando recordó el bebé que la joven había perdido, y que sospechaba que era de Joe. Según parecía las pala­bras de Joe también habían molestado a Demi, cuyos ojos se habían puesto tristes de repente.
Sin embargo, se le pasó rápidamente cuando se acordó de la mascota de Joe.

-¡Tu serpiente! -exclamó-. ¿Está... está ahí dentro? -in­quirió preocupada.
-Tranquila -le respondió Joe pacientemente-. Imaginé que te pondrías así si veías a Mikey en la casa, así que se la devolví a Bili Harris.
-Gracias -dijo Demi aliviada.
-Bueno, yo tengo que irme a casa, pero deberíamos en­trar antes -dijo Nick.
-¿Los tres? -inquirió Joe extrañado.
-Pues claro, los tres.
Nick subió los escalones del porche y abrió la puerta.
-Eso se llama allanamiento de morada, Jonas -le advir­tió Joe.
-Lo es... si no tienes el permiso del propietario.
-Pues yo soy el propietario y no tienes mi permiso -re­plicó Joe.
Nick no le hizo caso y se rió.

Entraron los tres, y se encontraron con la mesa del co­medor llena de comida. Había cazuelas tapadas, fuentes con lonchas de jamón de york y queso, una enorme ensalada, magdalenas, y al menos cinco postres distintos.
El teniente Barrett, un hombre delgado y moreno, estaba allí con una gran bolsa en la mano y una sonrisa en los labios.

-Justo a tiempo, jefe -le dijo a Joe-. Todas nuestras es­posas le han preparado algo para que no tuviera que cocinar al llegar. Sabemos que le gustan las rosquillas y las mermela­das de Julia García, así que aquí tiene un bote de mermelada de mora, otro de mermelada de uva, y una bandeja entera de rosquillas.
-La esposa del teniente García hace las mejores rosquillas del mundo -le dijo Nick a Demi.
-Gracias -murmuró Joe sorprendido-. No me espe­raba esto.
-Has tenido una larga semana -dijo Joe, encogiéndose de hombros-, y pensamos que estarías demasiado cansado para meterte en la cocina, eso es todo.
-Lo estoy -admitió Joe-. ¿Y la señora Jewell?
-Vendrá en cuanto tenga listas sus cosas -respondió Nick-. Me dijo que estaría aquí aproximadamente dentro de una hora. Sandie Jewell es la enfermera que te va a atender -le explicó a Demi-. Tiene unos cincuenta años y le en­canta cocinar. Te gustará. Vio tu primera película en el cine y le encantó. Aunque vete preparando, porque te bombar­deará a preguntas sobre tu compañero de reparto, Rance Wayne. Es una gran admiradora suya.
Demi sonrió.
-Ya veo. En ese caso le diré lo menos posible... para no quitarle la ilusión -contestó. Se llevó una mano al rostro-, Aunque al verme con esta cara nadie se creerá que he salido en ninguna película.
-Los cardenales y los cortes se desvanecerán, señorita -le dijo el teniente Barrett-.Volverá a ser tan bonita como an­tes, ya lo verá.
-Gracias -respondió Demi tímidamente.
-Bueno, hora de irnos -le dijo Nick a Barrett.
-¿Cómo es que no he visto tu coche? -le preguntó Joe al teniente.
-Porque yo lo dejé aquí con la comida de camino al aeropuerto -le confesó Nick con una sonrisa-. No queríamos que el ver su coche te diera una pista y nos estropeara la sorpresa.
-Sí que ha sido una sorpresa -admitió Joe, y sonrió-, Gracias.Y decidle a la señora García que sus rosquillas y sus mermeladas no se echarán a perder. Daré buena cuenta de ellas.
-Si no te das prisa no -le dijo Demi traviesa-. Me encantan las rosquillas y la mermelada de mora. Mi abuela so­lía hacerme las dos cosas cuando era niña.
-Bueno, nos marchamos antes de que empecéis vuestra batalla campal -dijo Nick guiñándoles un ojo-. ¡Que no nos enterarnos por los vecinos de que estáis montando jaleo!, ¿eh?
Joe sonrió y acompañó a Nick y Barrett a la puerta.

En menos de cinco minutos Joe había regresado junto a Demi. No le dijo que había puesto a Nick y a Barrett sobre aviso respecto a la posibilidad de que el ex empleado de carrera o un asesino a sueldo fuera a por Demi. Así se en­cargaban de mantener la casa vigilada cuando él no estu­viera.

Joe también había pensado en tener armas cargadas y escondidas en distintas partes de la casa, y le había ocultado a Demi que la señora Jewell, aparte de cuidar a personas enfermas, también había trabajado como ayudante del jefe de policía del condado. De hecho, su hijo era agente de policía y trabajaba con Joe, y la mujer sabía manejar un arma casi tale bien como el propio Joe y no había nada que la asustase. Si hubiese algún problema, mantendría a Demi a salvo hasta que llegase ayuda.

Qué detalle tan bonito, ¿verdad? -le dijo Demi a Joe-. Aunque no creo que sea capaz de comerme todo esto de una sentada.
-Necesitas tomar proteínas para reponerte -dijo él-. Y ti le preocupes por ganar algún kilo. Has perdido tanto eso que te lo puedes permitir.
Demi se volvió hacia él y lo miró preocupada.
-¿Te parece que estoy demasiado delgada? ¿De verdad?
Joe inspiró despacio.
-Tu figura no es asunto mío -le dijo en un tono lo más amable que pudo-.Te he traído aquí para protegerte...
Demi cerró su mente; no quería escucharlo En sus la­bios se dibujo una sonrisa, pero fue una sonrisa forzada.
-Lo sé -farfulló-. Sólo era por hablar. Bueno, ¿dónde está esa mermelada?

Joe la observó mientras sacaba los dos botes de una bolsa de papel, junto con unos platos de cartón y otros utensilios, y empezaba a levantar las tapas de los envases de plástico que contenía las comidas preparadas.

-Todo esto tiene una pinta estupenda -murmuró, como si no pasara nada.

En su interior, sin embargo, su corazón se estaba par­tiendo en dos. Había tejido sueños y esperanzas en torno a él, y no estaba segura de que pudiera llegar jamás a dese­charlos por mucho que supiera que Joe sólo la había lle­vado allí para ocuparse de ella hasta que se recuperase. Tenía que desengañarse, se dijo. Tal vez la encontrara atractiva, de­seable, pero eso eran sólo cuestiones superficiales. No quería ningún tipo de compromiso, y ella sí.

-Esto parece un guiso de calabaza -murmuró levan­tando la tapa de una cazuela.
Joe puso cara de asco.
-¿Dónde está mi pistola?
-Joe, por favor, la calabaza es un vegetal tan noble como otro cualquiera -lo aleccionó Demi con un aire fin­gido de superioridad-. Los indios se la dieron a conocer al hombre blanco, y tú tienes antepasados indios, así que debe­ría encantarte.
-Sólo se la dieron para deshacerse de ella -replicó Joe. Demi se echó a reír, y se sirvió en su plato una cucha­rada bien grande del contenido de la cazuela.
Luego levantó el plato hasta la nariz para inhalar el deli­cioso olor.
-Mmm... -murmuró.
-Puaj -contestó Joe, apartándose de aquella cazuela. Los dos llenaron sus platos en silencio y comieron con apetito, porque en ninguno de los dos vuelos les habían ser­vido nada de comer, a excepción de los típicos paquetitos de cacahuetes. Joe le sirvió a Demi un vaso de té frío azu­carado de una jarra que había encontrado en la nevera, se sirvió otro él, y volvió a guardar la jarra.
-Qué bien que nos hayan hecho té frío -le comentó a Demi, sentándose a su lado-. Me encanta.
-Yo no puedo tomarlo cuando estoy trabajando -le ex­plicó ella-. Las calorías, ya sabes.
-Todos los alimentos tienen calorías -replicó Joe.
-Sí, pero el azúcar tiene el mismo valor nutricional que un trozo de cartón.
-No me extraña que estés delgada.
-No es porque coma poco, es por el ritmo de vida que llevo -contestó Demi. Se giró en la silla para mirarlo, y con­trajo el rostro al hacerlo. Todavía sentía dolor-. Rodar una película es un proceso largo y pesado, y las películas de acción, como la que estamos haciendo, implican mucho es­fuerzo físico: artes marciales, escenas peligrosas...

En ese momento recordó la caída que había tenido y la pérdida de su bebé, y se quedó callada.
Joe advirtió la expresión perdida en su rostro.

-No hagas eso -le dijo suavemente-. Mirar atrás no solu­ciona los problemas, sólo hace que surjan otros nuevos.Y por desgracia nada de lo que hagas podrá cambiar lo que ocurrió.
Demi tomó con el tenedor un poco de ensalada de pa­tata y se la llevó a la boca.
-Nunca antes había estado embarazada.
-Habría acabado con tu carrera -le dijo Joe con aspe­reza.
-Podrían haber cambiado el guión para acomodarlo a mi estado -dijo Demi encogiéndose de hombros-. No ha­bría sido tan dificil. Joel hizo que modificaran el guión de la actriz protagonista de una película que anunció a mediados del rodaje que se había quedado embarazada.

Joe la miró con curiosidad. No hablaba como esas muj­eres que creían que era imposible compaginar la materni­dad con el trabajo. De hecho, oyéndola daba la impresión de que le parecía algo fácil.
Demi, que se había dado cuenta de que la estaba mi­rando, se echó a reír.

-No tienes por qué preocuparte, Joe. Ni siquiera re­cuerdo cuándo fue la última vez que intenté dejar embara­zado a un hombre.
Había esperado a que Joe estuviese bebiendo para de­cir eso, y, como había esperado, el té salió disparado en todas direcciones.
Joe soltó una palabrota, y Demi, riendo, le tendió un par de servilletas de papel, y lo observó mientras se limpiaba la camiseta.
-Lo siento -le dijo-, no he podido evitarlo. Es que esta­bas muy serio.
Joe la miró largamente.
-Tranquila, no suelo enfadarme... pero suelo vengarme. Demi se echó a reír.
-Bueno, al menos ha merecido la pena.
Joe se llevó de nuevo el vaso de té a los labios, y es­bozó una sonrisilla. Una cosa estaba clara: durante la estan­cia de Demi no iba a aburrirse.


4 comentarios:

  1. al fin espere estos capitulos meses .... :)

    ResponderEliminar
  2. escribes hermoso siguela xfa.... :)

    ResponderEliminar
  3. Por favor! Síguela :) Me he leído todas tus novelas y me encantan! *_*

    ResponderEliminar
  4. Me encantaría que la siguieras enserio. Tienes un don para la escritura. Vuelve porfa! :) <3

    ResponderEliminar

Hola chicas, no se olviden de dejar sus comentarios sugerencias y demas, asi sabre si les gusta y publicare pronto los capis, por fis comenten, incluso los anonimos, las quiero chicas..